Desde que me enteré que estaba embarazada de mi primera hija supe que no la llevaría al colegio. Sospecho que era algo que ya se había orquestado desde otros planos, y yo, simplemente, seguía mi instinto e intuición.
Creo firmemente en un mundo en el que el ser humano recupere aquello que le fue robado, y para ello, la educación de nuestros niños debe dejar de obedecer a los intereses elitistas de los que —cada vez con menos fuerza— gobiernan el mundo.
A día de hoy me encuentro en un proceso de autoconocimiento interno que —espero— me lleve a deslumbrar mi proyecto de vida. Mientras tanto, me empeño cada día en que mis hijos vivan su infancia feliz, lejos de imposiciones absurdas que mellen su autoestima y fuego internos.

